MINISTRO OTHONIEL YGNACIO P. F.
Me es grato llegar a todos ustedes a través de este medio. Reciban un saludo y mis deseos de Paz en el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Mi nombre es Othoniel Ignacio, actualmente pastoreo la congregación que se ubica en la colonia Adolfo López Mateos de la ciudad de México. Soy casado, mi esposa se llama Emma Lechuga, originaria de Jalapa Ver. y el Señor nos concedió la custodia y formación de dos varones que ya son adultos: el mayor de nombre Othoniel (fuerza de Dios) diácono en la Iglesia, de 31 años de edad, y el segundo Adriel (pueblo de Dios) de 29 años, que se desempeña en el ministerio de la música.
Mis abuelos maternos y mis padres, por medio de quienes conocí del Evangelio y al Señor fueron: Ignacio Fuentes, Clara Mejía, Bibiano Pérez y M. Luz Fuentes. A mis padres, D’s les concedió diez hijos, tres de los cuales ya descansan en El Señor.
Es para mi una bendición del Señor el dar testimonio de cómo El Eterno y su amado Hijo llegaron a mi vida y a la vida de mi familia, sabiendo y entendiendo que por todo ello, la honra, la gloria y el loor han de ser para el Altísimo y nuestro bendito Redentor, su Unigénito. Amén.
He mirado a lo largo de la vida, que al hombre, por su naturaleza, le cuesta muchísimo entender el mensaje divino, y mucho más, aceptarlo y entregarse al Señor. ¿Cómo es que decidí entregarme al Señor y servirle en el ministerio?
Al llegar a la edad adulta entendí cuan importante y necesario era tomar una decisión: vivir para el mundo o entregar mi vida al autor de ésta, así que decidí bajar a las aguas del bautizo y lo hice un día sábado del mes de marzo del año 1966, aunque desde la niñez tuve la bendición de vivir de acuerdo a los principios y prácticas cristianas recibidas, dando testimonio a propios y extraños, siempre en una vida apacible, asistiendo a todas las reuniones y actividades de la Iglesia, especialmente los días sábados todo el día.
Los años anteriores a mi bautizo, en mi adolescencia, habían sido de reflexión constante acerca de la religión, no negando que el enemigo acechó alguna vez mi vida, mas, en esa meditación y reflexión permanente, había llegado a mi mente y corazón una determinación: Servir al Señor, debido también a la enseñanza y buenos ejemplos de mis padres en su vida de servicio constante y de entrega, aún en los días de pobreza material que pasamos.
Mis padres fueron una pieza importante para esa decisión mía, y junto con ello, el análisis de lo que El Eterno hace con el hombre. Me refiero lo que Las santas Escrituras refieren respecto al Plan de Salvación, la predestinación y llamamiento. Había entendido y aceptado en mi corazón que el Señor había llegado a mí por medio de mis padres, comenzando por mis abuelos maternos, cuando estos aceptaron oír el santo Evangelio en un pueblito llamado Presas, Municipio de Tezontepec, Estado de Hidalgo, en esta República mexicana, por el año de 1948, por un matrimonio de evangelistas, el varón de nombre David Landín y su esposa Juanita.
Mis abuelos, aceptando la invitación de estos misioneros de escuchar la Palabra divina, abrieron las puertas de su hogar y cada día jueves este matrimonio asistía para llevar la Palabra, sin embargo, al enemigo no le agradó esta idea y los vecinos del lugar comenzaron a mirar con malos ojos a la familia, buscando atacar de alguna manera, y pronto se presentó la oportunidad: Un día, alguien dio muerte al senador federal de la entidad, justo en las afueras del hogar de mis abuelos, siendo esta la oportunidad para sus fines, acusando a mi padre, quien ya vivía en matrimonio con mi madre en ese hogar, y de esta manera y sin la intervención de autoridad alguna, fue llevado preso por soldados a la capital del estado, a la ciudad de Pachuca.
¿Cómo es que yo llegué a entender que El Señor nos había llamado? Para otros, este hecho habría sido suficiente para dar vuelta atrás, siendo apenas el inicio de este proceso de conversión! Mis abuelos, tíos y padres no cedieron, aunque tuvieron que abandonar el lugar, puesto que a raíz de este hecho anteriormente referido, había llevado a los enemigos a entrar varias veces con armas de alto poder al hogar de mis abuelos a altas horas de la noche, amedrentando a la familia, amenazándoles y diciéndoles que si no se iban del lugar morirían, lo que a la postre llevó a mis abuelos a una enfermedad y muerte, seguro por los sustos, pues no vivieron ni dos años a raíz de esto, pero en su fe tan firme, ellos fueron ayudados por uno de los diáconos de la Iglesia en la ciudad de México, un varón llamado Efraín Campos, hijo de uno de los ministros pioneros de la Obra en este país, quien recibió a la familia en su hogar, sin tener la obligación de pagar renta, ya que el hermano Campos conocía que ni mis abuelos ni mi madre tenían recursos para ello, pues mi madre al ser llevado mi padre al reclusorio, la familia de mi padre le recogió la tierra ya sembrada tan sólo para cosechar. Mi madre sin recursos y con tres hijos pequeños (uno de seis, una niña de cuatro y quien da testimonio, de dos años), sin embargo, tuvo la familia la bendición de contar con este varón que les dio todo el apoyo necesario por el momento.
Con todo, mis abuelos enseguida fallecieron estando en ese hogar ya que no había medios suficientes para atenderles de su enfermedad viniendo a ser otro peso y dolor grande para mi madre ya que el esposo no se encontraba a su lado. Con todo la fe no menguó y El Señor dio fuerzas para seguir en la vida espiritual.
Fue tan firme la fe que nunca mis padres desmayaron, habiendo recibido la Palabra con tanto amor y entrega, al grado que al salir mi padre de aquel lugar de encierro, después de dos años, sin tener la autoridad pruebas para apresarlo, mi padre se unió a su familia en la ciudad de México, porque ya para entonces aquellas personas del lugar de residencia de mis abuelos habían tomado fuerza y no permitían que ningún evangélico o protestante llegara al lugar.
Habiendo seguramente pasado estos momentos difíciles, con la ayuda y fuerzas del Señor, mi madre decidió bautizarse, era el año de 1951, y mi padre lo hizo al año siguiente. Así, al quedar mi familia instalada en la ciudad de México, se comenzó a vivir de manera regular y plena la vida espiritual, con la asistencia a la Iglesia, teniendo como pastores a los ministros Alberto y Carlos García, recibiendo instrucción y apoyo espiritual, al grado de que para el año 1956 mi padre tomó la decisión de trasladarse a su lugar de origen y levantar la obra en aquél lugar, pese a que aún había personas enemigas del Evangelio, aunque ya anteriormente, tanto mi padre y aún antes mi madre en sus visitas que hacía había llevado el mensaje a varias familias del lugar, de manera que cuando mi padre se trasladó al lugar pudo formarse un grupo regular y a los dos años 1958, una congregación reconocida por el ministerio que hasta la fecha existe.
Yo alabo al Señor porque mi padre en pocos años, se había convertido en un obrero dinámico, un ministro consagrado plenamente a la obra del Señor, hablándoles a todos sus familiares del Evangelio, de los cuales un buen número aceptó, y así abrazó mi padre el ministerio, sin miramientos, no importando el aspecto económico, claro, teniendo que ver mucho mi madre en ello, quien ha sido una mujer incansable, hasta hoy, tanto en lo material como en lo espiritual, trabajando a la par de mi padre para el sustento de la familia.
Y como consecuencia de ello, todos los hijos consagrados también en siervos del Señor. Mis hermanas en el magisterio infantil y del canto y mis hermanos en el trabajo de la Enseñanza y del pastorado. Varios de mis hermanos, incluyendo a mi madre con el don espiritual de cantos, tanto en música y letra. ¡Gloria al Señor por ello! Para la gloria y honra del Altísimo.
Ahora, también mi familia en el trabajo de la Obra del Señor.
Por todo ello, El Eterno y su Bendito Hijo Jesucristo, es bendecido en mi ser y de manera pública doy testimonio siempre de esa obra redentora que llegó hasta mi, sin merecimiento alguno. Que D’s sea bendito desde el siglo hasta la eternidad.
Othoniel Y. Peres Fuentes.
Obispo de la Iglesia de Dios
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